9.2.14

TREINTA AÑOS DE FIDELIDAD


Han sido treinta años de relación que ahora, desafortunadamente, acaban de concluir. La fidelidad siempre presidió esa relación, aunque he de reconocer que, como humano que es uno, alguna vez sentí la tentación de pecar, de echar una cana al aire, de cambiar de pareja, de probar nuevas sensaciones, de explorar otros mundos. Más que la honestidad, fue el hecho de evitarme una sensación de mala conciencia, el que me alejó de posibles aventuras y, aunque llegué a flaquear, jamás me atreví a hacerlo con alguien diferente. También estaba el miedo al hecho de que yo siempre tuve la certeza de que me descubriría, porque esas cosas se notan demasiado y es muy complicado mantenerlas ocultas.
Ya me advirtió que lo nuestro estaba tocando a su fin, que no podía alargarse más, que no se sostenía, pero yo nunca quise creer que así fuera, por lo que cuando la ruptura se ha consumado, el impacto ha sido mayor, aunque de todo sale uno.
Treinta años de fidelidad también me han enseñado que atarse a alguien, desde muy joven, con la intención de que sea para toda la vida, es una locura. Esos compromisos ya no se establecen hoy. Hoy la gente es mucho más promiscua y cambia de partenaire como el que cambia de chaqueta. El paso de los años me ha hecho desprenderme de muchos prejuicios y he llegado a la conclusión de que por haberle sido fiel he tenido que pagar mis peajes. Como uno no puede pasar sin determinadas cosas en esta vida, sé que volveré caer, pero esta vez lo haré con alguien que no me exija compromiso alguno y siempre que pueda cambiaré de pareja, porque de los errores se aprende y porque rectificar es de sabios.
La semana pasada todo se consumó. Era la crónica de una muerte anunciada. Cuando acudí de nuevo a su encuentro, en ese lugar que tan gratos recuerdos nos traía, me encontré con un frío cartel que decía: “Cerrado por jubilación. Se alquila este local”. Ya me había advertido Juan que se jubilaba, pero no me concretó la fecha y el leer aquel cartel me hizo cierta impresión.
Juan llegó a Cazorla hace treinta años, justo cuando yo llegué. En Cazorla abrió su flamante negocio de peluquería, con aires internacionales, al que puso el atractivo nombre de “Peluquería París”. Venía de formarse profesionalmente en Cataluña y traía aires nuevos, unos aires que se hacían patentes en la decoración exterior del local, así como en la modernidad de su mobiliario, un mobiliario que ni siquiera treinta años después ha llegado ha quedarse obsoleto. Yo entonces era un joven de veinticinco años, que ya había superado la etapa rebelde de la melena y necesitaba pelarme. Aquí, en Cazorla, por aquel tiempo sólo había barberías, en las que viejos barberos se dedicaban a rapar el pelo y a peinarlo casi “estilo mili” y aquello no iba conmigo. Además, para un chico de ciudad, que ya había estrenado la famosa peluquería ubetense “Dos Navajas” y que por aquel entonces ya se había permitido el lujo de hacerse una permanente en Francia, entrar en una barbería cazorleña era una vulgaridad. Así que me aboné a la “Peluquería París” y a la prudente conversación de Juan, una especie de psicólogo que jamás iniciaba una charla, porque para él era el cliente el que tenía que dar el primer paso. Aficionado a los toros y experto en tauromaquia, Juan era un hombre prudente a quien las varices en las piernas terminaron pasándole factura, por mor de tantas horas que pasó en pie. Ahora, con la edad reglamentaria de hoy (ya veremos lo que ocurre mañana), Juan acaba de acceder a esa merecida jubilación y yo me he quedado, de pronto, un poco huérfano. Durante los últimos treinta años sólo él me ha tocado el pelo, porque no soy ningún catacaldos y porque alguna vez lo he visto decir a algún cliente: “esto te lo ha tocado alguien”. Un buen profesional sabe si un trabajo lo ha hecho él o no y yo nunca quise pasar por el mal trago de que Juan me afrentara, descubriendo en público, alguna infidelidad. En muchos de mis viajes, cuando he estado ocioso, me ha venido mejor pelarme en otro sitio distinto al de Juan, pero siempre he vencido esa tentación, a sabiendas de que Juan terminaría por descubrirlo. En ese sentido todos los peluqueros son un poco puñeteros.
Ahora, ya más mayor, con muchos menos prejuicios y con menos vergüenza, según constata mi mujer, he decidido no atarme a ninguna peluquería. Sólo voy a buscar la comodidad y voy a liberarme de tener a alguien fijo, que incluso pueda pedirme explicaciones sobre hipotéticas infidelidades.
Ayer comencé con mi nueva vida. Volví, tras tres decenas de años, a entrar en “Dos Navajas”. El abrir la puerta me produjo una especie de mala conciencia, que desapareció cuando recordé que estaba allí porque mi amigo Juan ya goza de su júbilo y de su paguilla y que soy yo quien ahora tiene que buscarse la vida.
Ayer en “Dos Navajas”, mañana en Málaga y otro día en la peluquería cordobesa de mi hijo Jesús, tal vez algún día vuelva a hacerlo en París. He decidido llevar una vida licenciosa y casquivana y no volver a atarme a nada, ni a nadie. Esta vida tiene ya demasiadas ataduras.
 
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