7.1.07

LA MATE PORQUE ERA MIA.



En la noche del miércoles, 20 de diciembre, las alarmas volvían a saltar. Como cada día, mi buzón de correo electrónico se inundaba de mensajes de alerta en los que aparecía todo lo que en Internet se publica sobre Úbeda. En esta ocasión se trataba de malas noticias: un joven había degollado a su pareja porque, una vez más, no aceptaba la ruptura de la relación entre ambos. Sentí un enorme escalofrío. El relato que, de los hechos, hacían los distintos medios digitales era espeluznante: “acabó con su vida cortándole el cuello con un cuchillo, lo que le produjo la muerte prácticamente en el acto. Su cuerpo fue encontrado en los servicios”, decía un ciberdiario.

Ana Belén González Simón sólo tenía 22 años. Acababa de empezar a vivir. Tras realizar las prácticas de administrativo en el ayuntamiento de Navas de San Juan, se había venido a la gran ciudad a buscar mejores perspectivas laborales, aunque fuese empezando por abajo, como camarera de un pub.

Muchas veces he intentado analizar las causas que originan esta terrible lacra de la violencia contra las mujeres. Me he parado a descifrar la extracción social de los asesinos, sus edades, sus circunstancias y he procurado inventar soluciones para erradicar este mal. Me ha sido imposible. Crimen tras crimen mis conclusiones se han ido desmontando. Los asesinos son gente desarraigada, con problemas de alcohol o drogas y de edad madura pero también lo son individuos perfectamente integrados, de posición económica desahogada e incluso muy jóvenes. Estoy confundido y asustado. Cualquier “macho ibérico” puede llevar dentro un juez y un verdugo capaz de aplicar la sentencia de “la maté porque era mía” o de “si no eres para mi no eres para nadie”. Estoy horrorizado y me siento impotente. Explico estas cosas a mis alumnos en el Día Internacional contra la Violencia de Género y les hago ver que todos los días del año deben ser 25 de noviembre, pero me encuentro con el muro infranqueable de la familia. Su influencia es más decisiva que la de la escuela. Constato, con más frecuencia de la deseada, cómo son las propias madres las que asignan a sus hijos un papel y a sus hijas otro diferente y cómo me tiran por tierra el trabajo y el esfuerzo de muchos días, de muchos cursos. Mientras, desde las mismas familias, no se destierre el concepto de mujer como mueble, como objeto, como posesión del varón, como ser de segunda categoría, todo estará perdido. Una paciente decía a mi mujer, en su consulta, que su difunto marido era un hombre bueno y que “sólo le pegaba lo normal”. Mientras nos sigamos lavando las manos y no erradiquemos actitudes como ésta, mientras no denunciemos la primera amenaza y la cortemos de raíz, el problema del terrorismo doméstico persistirá. Se hace imprescindible un profundo cambio de mentalidad en una parte muy significativa de nuestra sociedad. A este cambio pueden colaborar las instituciones educativas pero es primordial el papel de la familia. No veo otra salida.

Tras el execrable crimen la gente ha pedido justicia. Las leyes seguro que se aplicarán con implacable rigor, la judicatura está muy concienciada con el problema, pero jamás habrá justicia para unos padres que han perdido a su niña de 22 años de la forma más injusta, horrenda y vil en que una persona puede perder la vida.

 
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