10.12.04

¿SEVILLA O ÚBEDA?



¿Sevilla o Úbeda?... no es esa la cuestión.

En los últimos años, con la aparición de nuevas cofradías y los radicales cambios que se están dando en algunas de las antiguas, se han suscitado una serie de debates en torno a si ruedas (como sinónimo de tradición, seriedad y respeto), hombros o costal (como signo de esnobismo, “folclore” y fiesta), bandas de penitentes o de uniforme, marchas “militares” o “sevillanas” y un sinfín de aspectos externos más, que unos aferrándose a lo que llaman tradición, vilipendian y otros, apelando a no dejar pasar el tren de los nuevos tiempos, alaban.

Hablar de tradición es un arma de doble filo, resulta peligroso y se nos puede volver en contra. ¿Qué es tradición?. ¿Quién fija los años en que algo ha de estar en vigor para considerarlo como tradicional?. ¿Tradición es lo que he conocido desde que era pequeño?. ¿Cuántos años hacen de una costumbre algo tradicional: 20 años, 100 años, tal vez 300?. ¿Quién pone esas puertas al campo?. Aunque existiese “una tabla de catalogar tradiciones”, ¿se conoce la fecha exacta de la mayoría de los acontecimientos que forman parte de nuestras procesiones?. ¿Tradición es sinónimo de autóctono y exclusivo o está sólo relacionado con cuestiones temporales?. ¿Pueden existir tradiciones de importación?. Muchas veces confundimos autóctono con tradicional.

Estaría bien el coger una fecha y, al modo de lo que se hace en los motores de búsqueda de Internet, introducirla en una tabla de Access para que nos devolviese como dato de salida las palabras TRADICIONAL o NOVEDOSO y así evitar polémicas baldías. Afortunadamente ese sistema no existe y hemos de recurrir a la subjetividad de la intuición humana para hacer esas clasificaciones. No obstante la intuición es algo relativo y no solamente falla sino que, distintos individuos, suelen tener diferentes percepciones del mismo fenómeno.

Evidentemente, los asuntos más generales, los que no entran en detalles nimios, sí que pueden catalogarse con facilidad y cierta unanimidad. Que la existencia en Úbeda de las cofradías de Jesús Nazareno o la Soledad es tradicional no lo discute nadie y muy pocas cosas hay más absolutas que eso.

Yo prefiero huir del integrismo y considerar ubetense a aquello que en nuestra ciudad se hace y tiene éxito. Fenómenos importados, relacionados con la Semana Santa, se aplican en Úbeda y “tienen su público”, se van consolidando… Otras costumbres foráneas, (como es el caso del carnaval), no llegan a echar raíces en nuestro pueblo, aunque exista un minoritario grupo de personas que se afana en su implantación. Para quienes han nacido hace cinco años estas cosas, que la gran mayoría abraza ahora, formarán parte de “su tradición” y serán más de Úbeda que la torre del Salvador, dentro de muy pocos años. A título ilustrativo contaré que, tras sufrir una restauración, la imagen de la Virgen de la Esperanza volvió a la ciudad “más morena de lo habitual”. Quienes la conocimos con anterioridad somos partidarios de devolverla a su estado original (delicada cuestión). Los jóvenes de la hermandad opinan que su Virgen es la actual, con ese color y esos rasgos, que no tienen recuerdo alguno de la originaria imagen y que, devolverla a su primitivo estado, sería poco menos que un sacrilegio. Otra cosa sería lo que don Federico Coullaut-Valera opinara si la viese.

Decir que lo nuevo siempre viene de Sevilla y es malo por ser copia y no autóctono y que lo que teníamos antes era de Úbeda, exclusivamente de Úbeda, y es el no va más, me parece que es un debate erróneo y muy superficial que deja en segundo plano asuntos que debieran ser de primera línea.

Como asunto de primera línea me gustaría traer a estas páginas el de la creación de nuevas cofradías. Sé que puedo meterme en un lodazal pero mi estilo es mojarme (genio y figura…) y éste puede ser un buen lugar.

Muchas veces me he preguntado qué es lo que lleva a los jóvenes a fundar una cofradía. Todavía no he conseguido encontrar la respuesta a esa pregunta. He escuchado varios argumentos pero ninguno me convence. Los dos más extendidos hacen referencia al afán de protagonismo de algunos jóvenes cofrades o al hecho de que no se les tiene en cuenta en sus cofradías de origen y buscan nuevos derroteros. Creo que ambos razonamientos no se corresponden con la realidad.

Precisamente es ahora cuando la mayoría de los cofrades permanece “missing” durante casi todo el año. Esos desaparecidos, que desconocen el trabajo altruista y que no aportan nada si no existen pingües beneficios, podrían suponer un enorme impulso para sus hermandades si quisiesen integrarse. Las juntas directivas andan a la caza y captura del cofrade desaparecido para, ingresándolo en sus filas, darle parcelas de trabajo y decisión. Son muchos los llamamientos que, en este sentido, se hacen a lo largo del año pero la respuesta es nula. Si no tienen parcelas “de poder”, o de trabajo, se debe a su singular apatía. En cuanto a lo del afán de protagonismo, si es lo que buscan, bien pueden tenerlo en su cofradía “de toda la vida”. Si lo desean pueden formar parte de su junta directiva e incluso llegar a presidirla. Cada vez la gente se da menos tortas por presentar su candidatura.

¿Qué aportan entonces esas nuevas cofradías?. Hermanos de nuevo cuño, desde luego, no. La gran mayoría de sus miembros procede de otras hermandades de las que, en gran parte de los casos, se desvincula al engrosar las filas de una nueva hermandad. “En Úbeda no somos más cofrades de los que somos”. La frase resulta evidente pero hay que saber leerla entre líneas.

Divide y vencerás, dice el refrán. La gente válida de muchas hermandades se marcha a fundar otras y, en realidad, lo que hace es desnudar a un santo para vestir a otro.Recuerdo ahora las reticencias de monseñor García Aracil para dar su bendición a nuevas hermandades. Aquello, que a muchos nos irritaba tanto, tenía su explicación y él la daba: el que quiera que se integre y se implique en las cofradías que ya existen. Reconozco que no eran muy populares, entre la mayoría de los cofrades, las decisiones de aquel obispo pero, en este tema, creo que conocía bien su trabajo y marchaba por delante de nosotros.

Ahora, con esta disgregación de cofrades, nos podemos olvidar de ver, en una Procesión General (que pudiese realizarse de forma extraordinaria) a todas, o casi todas, las cofradías. Hay gente a la que le gusta ser el novio en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro y conozco a bastantes hermanos (“pluriempledados” y/o “todoterrenos”, cuando no “cata caldos”), que en una hermandad son costaleros, tocan en la banda de otra, llevan en otra el incensario y aún les quedan ganas y tiempo para tocar la campanilla en otra cofradía. Me gustaría verlos en el caso de una hipotética Procesión General con todas las hermandades. El número de cofrades no es, en Úbeda, tan elevado como siempre se ha creído porque muchos son simples “registros de varios listados”. Si intentamos contabilizar a los comprometidos y activos, la estadística desciende hasta extremos ridículos y escandalosos. Creo que se me entiende.

Reconozco que tiene mérito, quebraderos de cabeza y que hay que derrochar una enorme cantidad de trabajo y energía, para acometer la gran empresa de sacar a la calle un nuevo paso (o dos), cuando una cofradía acaba de ser fundada. Tal vez ese sea el motivo de su fundación: una cuestión estética, el dotar a nuestra Semana Santa de una nueva escena de la Pasión de Cristo aunque eso puede hacerse desde las cofradías ya consolidadas. Con todo, no sé lo estético que puede resultar un guión compuesto por un escaso número de penitentes.

Que nadie se inquiete. No abogo yo por fundar un partido político, ni una organización eclesial, cuyo ideario se base en abolir las cofradías con menos de 25 años de existencia. Todo lo contrario. Creo que hay que ayudar en todo lo posible a las que ya lo son pero pediría que, antes de acometer una iniciativa disgregadora, se pensase muy bien. Úbeda no da para tanta banda, tanto costalero, tanto directivo y tanto penitente. En Úbeda, hermanos, está todo el pescado vendido.

3.10.04

MIGUEL MUÑOZ, IN MEMORIAM

Querido Miguel:


Hoy es 30 de mayo. Estamos en 2004. He venido aquí, a la casa de nuestra cofradía, a dejar la bandera que te ha acompañado en las últimas horas de tu caminar por este mundo. Me he sentado ante la mesa donde está el ordenador. Desde este lugar se divisa toda la sala de reuniones, llena de fotografías, de símbolos, de recuerdos... He comenzado a pergeñar estas letras mientras repasaba la película de muchos años vividos en común.

Hace “cuatro días”, en 1975, yo quería tocar el tambor en la banda de nuestra querida cofradía. Por aquel tiempo, tú eras el responsable de aquella banda y no te quedaban más tambores libres. No nos conocíamos. Me miraste con cara de resignación, como no queriéndome hacer daño, y me animaste a tocar la corneta larga, sucia y abollada que me acercabas con tu mano. Recuerdo que, al ver su estado, mi madre se echaba las manos a la cabeza mientras yo, resignado, le prometía que la dejaría como nueva tras un arduo trabajo de limpieza. Así lo hice. Once años permanecí en la banda tocando una corneta. Once años que crearon estrechos lazos de amistad entre nosotros. Más tarde compartimos Junta Directiva, travesías del desierto, fuimos progenitores de “pequeños tamborileros” y, hasta hace unos días, hicimos de canguros en los ensayos de la banda infantil. No hace mucho, los dos solos, tomábamos una cerveza mientras esperábamos a que tu hija y mi Jesús concluyeran un ensayo. Fue un rato cordial. Nos debíamos ese momento el uno al otro. Hablamos de todo un poco. No te quejaste de nada. Al menos un par de veces había intentado “la parca” pasar su guadaña por tu cuello y la vida seguía pareciéndote bonita. Ningún reproche. Sólo agradecimiento. Agradecimiento a Jesús orando en Gethsemaní y a Nuestra Señora de la Esperanza: “jamás faltaré a nuestras procesiones, mientras viva”, me decías. Esa frase resuena ahora en mi cabeza. Se repite una y otra vez: “mientras viva... mientras viva”... La recordaré machaconamente cada Semana Santa.

Sé que estamos aquí de paso, que vamos hacía otro lugar pero no entiendo por qué tu singladura ha tenido que ser tan corta. ¡A ti no te tocaba morirte, Miguel!. A uno le toca morirse cuando lo tiene todo hecho en la vida, cuando ha podido disfrutar del asueto de la jubilación, ha conocido a sus nietos y el dolor de muchos años acumulados se hace insufrible. Entonces es cuando uno suele pedirle a Dios que “lo recoja”. Eso es lo general pero tú has tenido que salirte de la regla. Me cuesta trabajo encajarlo. Me costó trabajo encajarlo, (“me quedé pillao”, dicen los jóvenes ahora), cuando Paco Luis Sáez, nuestro anterior Hermano Mayor, fue a buscar a tu sobrino Luis, que estaba conmigo, para comunicarle, con mano izquierda, de forma casi engañosa y en pequeñas dosis, que nos habías dejado. Duro papel el de Paco Luis que también suele estar siempre a las duras. No me hubiese gustado estar en su piel.
La muerte te ha tratado mal y no estoy seguro de que la vida se haya portado contigo como merecías. Algo me llegaste a insinuar pero nada me has contado abiertamente. Con eso bastaba. Nos conocíamos muy bien. Yo tampoco quise hurgar en tu alma por si, en el fondo, había alguna herida. Te gustaba colocar siempre una cortina de felicidad entre tu interlocutor y tú pero creo que llevabas la procesión por dentro. Me gustaría estar equivocado.

Ya ves que tus amigos no te hemos fallado. En la tarde de tu despedida, era impresionante echar una mirada al interior del templo de Santa Teresa. Desde que la noticia de tu muerte corrió por la ciudad a la velocidad de la pólvora que arde, hemos sustentado tu ataúd, portado nuestra bandera, consolado a tu familia y rezado por tu alma. Ya no podemos hacer otra cosa que mantenerte, para siempre, vivo en nuestra memoria. Te prometo que estarás junto a mi cada Jueves Santo delante del trono de Nuestro Señor de la Oración en el Huerto y cada una de las frías noches de ensayo el sonido de la caja me recordará tu presencia.

Cuando nos encontremos en el Gethsemaní eterno ya te contaré cómo va sonando tu banda por si, a tanta distancia, no escuchas bien “los requinteos”. Da recuerdos a Pepe Mendoza. También me acompaña el Jueves Santo. Andará por allí arriba intentando colocarle un raso verde a Dios. Tú descansa en paz, hermano. Lo tienes merecido...

10.3.04

HA MUERTO PEPE MENDOZA


El pasado 1 de marzo fallecía don José Mendoza Corzo. Unos días antes, lo había atropellado un ciclomotor en la Avd. de Cristóbal Cantero y no consiguió superar las heridas causadas por aquel terrible accidente. A punto de cerrar esta edición, no he querido dejar de plasmar en nuestra revista unas líneas de despedida por nuestro amigo Pepe Mendoza. El fue durante muchos años Secretario de nuestra cofradía. Allá por la década de los setenta y principios de los ochenta, desde su oficina de “Hijos de Ildefonso Navarro”, en la Avd. de Ramón y Cajal, Pepe atendía, con solicitud, a cualquier cofrade o a aquel que quisiese ingresar en nuestra hermandad. Fueron muchas las horas de tertulia que, junto a su padre (cofrade ejemplar), pasamos en ese lugar y por aquellos tiempos.

Pepe era mi amigo, era amigo de todos, fue un buen hombre, una excelente persona que, en ocasiones, bordeaba la ingenuidad. Se cuidaba, era profundo amante de la naturaleza y “estaba hecho un chaval”. Hubiese podido hacerse muy viejo pero el destino lo esperaba al borde de un problemático paso de peatones.

Desde hace años no vestía la túnica pero, cada Jueves Santo, nos acompañaba antes de salir la procesión y nos lo encontrábamos en cada rincón de nuestro recorrido procesional. Es de justicia concederle un papel importante en la cofradía y reconocer que ha dejado un hueco que no va a llenar nadie. Era una persona entrañable e irrepetible.

El fue quien, en 1975, me dio de alta en la cofradía y, paradojas de la vida, hace unos días, como Secretario que soy de la hermandad, no me quedó otro remedio que dar de baja a mi amigo del fichero de cofrades en activo. Lo hice con una inmensa tristeza y pensando que un día, no sabemos si cercano, alguien hará conmigo lo mismo. Cuando ese momento llegue estoy seguro de que me encontraré con Pepe Mendoza en el Huerto eterno del más allá. Descansa en paz amigo.

9.3.04

COFRADES ENTRE PUCHEROS

Puede decirse que Gethsemaní forma ya parte de la memoria histórica de la cofradía. En sus páginas se plasman hechos y opiniones que, en un futuro, ayudarán a conocer la evolución de la hermandad a lo largo de los años. Dentro de algún tiempo los estudiosos de la Semana Santa podrán consultarla y, completando datos con nuestros libros de actas y el balance que anualmente hacemos en el Anuario “Úbeda, Imagen y Palabra”, llegarán a conclusiones alejadas de cualquier margen de error. Como estos tres elementos se han convertido en los biógrafos de nuestra cofradía, es importante dejar en ellos constancia escrita de todo. No quería, pues, dejar pasar este año sin que quedase escrito algo sobre uno de los capítulos que menos se ha tratado. Me refiero a todo lo relacionado con nuestra caseta de feria y, en especial, al trabajo de las mujeres en su cocina. Se trata de una labor fundamental, silenciosa y casi anónima.

Desde la barra nosotros pedimos. Pedir es muy fácil no lo es tanto dar y son ellas quienes tienen que darnos los platos que han elaborado, si es posible en un tiempo record, para poder atender las demandas del cliente hambriento y, normalmente, impaciente.

Nuestras mujeres pasan el día de pie, entre pucheros, calor y humos. Son las primeras que empiezan a trabajar y las últimas en marcharse. En muchos casos, porque alguien se cae de la lista de forma inesperada y a última hora, las encontramos en número insuficiente para el trabajo que tienen que desarrollar y todavía les queda amabilidad, y una sonrisa en la boca, para ofrecerte algo de comer cuando, a deshoras, ellas todavía no lo han hecho.

Esas mujeres son el “alma mater” de la caseta, aunque tal vez sería más exacto afirmar que son el “alma mater” de la cofradía, de una cofradía que si no fuera por los ingresos que ellas se trabajan, no podría garantizar las obras de caridad ni la conservación e incremento del patrimonio artístico.

¡ Lástima que existan tan pocas mujeres dispuestas a trabajar, desinteresadamente, por la causa en la que creen !. ¡ Qué pena que algunas de ellas tengan que acudir a la cocina varios días durante la feria !. Con esa calidad humana que tienen nuestras hermanas de cofradía, si no fuesen tan reticentes a ciertas cosas... ¿quién nos iba a parar?.

14.2.04

COFRADES SIN COMPROMISO


Siempre he creído que apuntarse a alguna causa para luego no dar la cara, era de irresponsables. De pequeños “nos apuntan” a ser cristianos y, como es alguien quien lo hace, podemos, o no, cumplir con el compromiso. Al madurar, lo tomamos o lo dejamos. Si aceptamos la fe en la que nuestros padres nos educaron puede, incluso, que lleguemos a formar parte de una cofradía. Ser cofrade añade un plus de compromiso a nuestra condición de cristianos. Eso sobre el papel porque, en realidad, solemos formar parte de muchos listados y no cumplir con ninguna de las asociaciones a las que pertenecemos.

Hace años veíamos al cura del pueblo como a un “Juan Palomo”. Dueño y señor de la parroquia, él se lo guisaba y él se lo comía y los fieles nos convertíamos en sujetos pasivos de sus misas y sus sermones. Nos quejábamos de que no se nos daba participación. Hoy, cuando se nos pide que seamos miembros de los órganos que rigen nuestras parroquias, “escurrimos el bulto”.

Una vez que España ha dejado de ser “oficialmente” católica y que “papá Estado” ya no tutela ninguna confesión religiosa, somos los católicos de base los que tenemos que hacer progresar a la Iglesia. Si no nos comprometemos, a la vuelta de pocos años, la práctica religiosa de los católicos puede verse reducida a asistencias residuales a bodas, comuniones, bautizos y entierros.

Cuando un católico es cofrade, su compromiso eclesial debe ser mayor pero, además, ha de involucrarse en la vida de su hermandad. No es así. Hoy casi nadie quiere trabajar “por amor al arte”. Donde no exista una remuneración, casi nadie quiere estar. Nos hemos vuelto hedonistas y acomodaticios. No es que el cofrade haya sido siempre modelo de compromiso pero cada vez son más los que no participan en casi nada o los que, abiertamente, niegan a la cofradía su colaboración. Cada vez resulta más complejo, por poner un ejemplo, formar los turnos para que funcione la caseta de feria, llenar la iglesia en la Vigilia de Oración e incluso conformar una nueva Junta Directiva. Hace años ser directivo implicaba “honores”, hoy implica trabajo, mucho trabajo, muchas reuniones: reuniones de cofradía pero también con Cáritas, con los misioneros, con la Unión, con la Agrupación, etc. Por todo ello preferimos “verlas venir” y censurar las cosas cuando no están a nuestro gusto. Es la postura más cómoda y en la que se corren menos riesgos.

Me resulta gracioso escuchar a gente desinformada cuando afirma que las cofradías son el coto privado de unos pocos. Será porque no hay llamamientos a la colaboración a lo largo del año... Esa gente desconoce que, si no fuese por esos pocos que se han ido manteniendo en los cuadros dirigentes durante años, las cofradías estarían en claro declive (aunque no tengo la certeza de que no lo estén). Efectivamente, son casi siempre los mismos pero es que “no hay más leña de la que arde”. Los cofrades quieren cada vez menos responsabilidades. No quieren que se los moleste. Es triste pero es lo que hay.

La gestión de las cofradías es muy compleja. La vida interna de la hermandad no tiene hoy nada que ver con la de hace 25 años, cuando el trabajo se concentraba en 10 ó 15 días durante la cuaresma. Además de ocuparse de los asuntos estrictamente religiosos, de la formación, de la caridad, el miembro de una directiva debe ser gerente, contable, maestro de ceremonias, cartero, feriante, administrador y un sinfín de cosas más. Necesita colaboración y, cuando no la encuentra, cunde el desánimo. Por el momento, la fe en Jesús y María lo sostienen pero no siempre se puede tener más moral que el Alcoyano...

22.1.04

EL TONTO DE LA CAMARA


El querer congelar, para siempre, uno de los importantes momentos de nuestra vida suele ser una tentación a la que es difícil sustraerse. Examinar cada uno de esos instantes, al pasar los años, nos proporciona controvertidas sensaciones que van desde la nostálgica “cualquier tiempo pasado fue mejor”, hasta la amargura de comprobar que el tiempo pasa inexorable y tal vez hoy seamos ya demasiado viejos. Disparar una cámara fotográfica conlleva una serie de connotaciones, en las que casi nadie repara, y que van mucho más allá del ritual de seleccionar el encuadre, la velocidad, la abertura y disparar.

Para muchos ubetenses la Semana Santa es uno de esos momentos importantes de la vida. Es el reencuentro con la ciudad, con la familia, con las cofradías. Es la vuelta a otros olores, colores y sabores, a otras sensaciones, a íntimas vivencias pero, sobre todo, supone el regreso a imágenes que albergamos en nuestra mente como colectivo aunque también como individualidades. Es natural que queramos captar, con nitidez, cada una de esas imágenes para perpetuarlas a sabiendas de que, en nuestra mente, el paso de los años nos las devolverá borrosas.

Llegados a este punto es donde aparece la figura del “tonto de la cámara”. He escuchado algunas veces esa expresión despectiva, puesta en la boca de algún ignorante. Para muchos, ese de la cámara, es un tipo con afán de protagonismo, que pasa la Semana Santa de procesión en procesión, con una o más cámaras amarradas a su cuello y que se exhibe en el centro de los guiones para hacerse notar. Demasiado simple y errónea esta descripción que ignora el enorme sacrificio que supone el andar muchos kilómetros, durante muchas horas, con un peso adicional y, en ocasiones portando un incómodo trípode (también los he visto llevando una escalera).

No crean, por lo dicho anteriormente, que un fotógrafo es un héroe. La fotografía es una afición, un gustazo, casi una religión. Para el fotógrafo cualquier sacrificio se da por bien empleado ante la ilusión de salir a la calle a hacer la foto de su vida. Siempre piensa en hacer esa fotografía que le satisfaga plenamente, en cazar una pieza de mayor envergadura que la anterior. Un aficionado a la caza lo comprenderá perfectamente: andar, sudar, cargar con todo el equipo, son cosas que no tienen importancia si, al final, se consigue abatir “un medalla de oro”. Es posible que no se consiga jamás pero siempre se sueña con él y esa ilusión mantiene viva e intacta la esperanza.

Quien, desde la acera, observa al fotógrafo sólo ve en él a un tío inquieto, y un poco exhibicionista, y no repara en curiosidades que son dignas de tener en cuenta. Una de esas curiosidades es la existencia de diferentes tipos de fotógrafos.

Hay quienes utilizan la cámara una vez en su vida o, todo lo más, cada vez que realizan un viaje. Alguien les regaló esa cámara por su cumpleaños o utilizan la que, el año anterior, le regalaron a su hijo o hija por su primera comunión. Lo normal es que no tengan demasiada pericia en el manejo de aquel “infernal aparato” y necesitan una enorme cantidad de preparativos antes de disparar. Permanecen, por tiempo indefinido, en pie delante de la imagen que otro quiere tomar y le fastidian la instantánea. Se mueven a un lado y a otro, se agachan y, cuando tú vas a disparar, ellos se ponen de pie y te chafan el momento. Mi archivo está lleno de fotos con hermosos primeros planos de cabezas de diferentes características. Tal vez un día me anime a exponerlas.

Hablando de quienes se te paran delante, no quiero olvidarme de los del vídeo. Son terribles. Les temo más que a una vara verde. Si se lo acaban de comprar, te los encontrarás en todas las procesiones haciendo unas tomas infinitamente largas aunque será sólo por ese año. Al siguiente no suelen volver. Estar en todos sitios, para grabarlo todo, es agotador. También los hay de los que graban cada año pero que tienen la suficiente experiencia como para no molestar.

Volviendo a los fotógrafos, destacaría al grupo que yo llamo “de la buena fe” por el interés que ponen cada año en realizar algo digno con su compacta. No terminan de hacerse con la técnica, ni entienden todas las funciones del aparato pero son perseverantes. El próximo año volverán con ilusiones renovadas...

Termino con el que puede denominarse fotógrafo profesional. Por descontado que incluyo, en este apartado, al que se gana la vida con la fotografía pero también a todo aquel que ha alcanzado unos conocimientos profesionales sobre un tema que no constituye su “modus vivendi”. De entre estos últimos podemos destacar a los llamados “mercenarios del trípode”. Trabajan casi por encargo y normalmente sólo lo hacen con motivo de algún concurso fotográfico. Con todo, este tipo de profesionales son habas contadas. Lo normal entre el resto es armarse con sus cámaras y salir a la caza y captura de todo aquel motivo fotográfico que se le ponga por delante: imágenes, penitentes, calles, momentos anecdóticos, en los que los protagonistas son Úbeda y sus gentes y jamás el fotógrafo que siempre permanece oculto tras su cámara.

Cuando pienso en la Semana Santa que se nos avecina me echo a temblar. Este año los Reyes Magos han sido los de la era digital: las cámaras fotográficas digitales han constituido el regalo estrella, debido a su importante bajada de precios. Lo malo del asunto es que todavía existen indocumentados, hace unos días uno de ellos lo insinuaba en público, que piensan que ese tipo de cámaras obran milagros y que, con sólo enfocar el motivo, habremos ganado el primer premio del concurso fotográfico de turno. Todo ello ignorando reglas tan elementales como las del encuadre, en enfoque, la velocidad, la abertura y cuestiones tan importantes como la intuición o la inspiración y como si las fotografías y diapositivas realizadas con una cámara analógica no se pudiesen manipular. Eso por no hablar de los distintos tipos de calidades, objetivos y resoluciones... Yo, que desde hace años trabajo con ambas técnicas, puedo asegurar que, en lo sustancial, las dos son muy semejantes cuando nos referimos al papel del fotógrafo. A pesar de ello, todavía existen incrédulos que se apuntan a estas “cámaras milagrosas” pensando en que ellos sólo han de apretar el obturador para que el aparatito realice un inmejorable trabajo. Así pues, seguramente, en este 2004, nos encontraremos con una plaga de noveles fotógrafos digitales a los que tendremos que ir esquivando.

No siento vergüenza de confesar que yo soy uno de esos “tontos de la cámara”, a los que me refiero en estas líneas. Ese tonto que busca gentes, procesiones, rincones momentos y los congela para la posteridad. Aquel tonto que lo escruta todo a través de un visor, que se cuela en las procesiones, en las iglesias, en los bares e incluso en el interior de un paso con el fin de captar unos documentos gráficos que, a la vuelta de unas decenas de años, serán de alto valor para que los investigadores deduzcan y conozcan datos importantísimos de la historia de Úbeda. Yo soy esa “mosca cojonera” que a veces está donde no debe, a la hora menos apropiada.

Si hace cien años poseer una cámara fotográfica hubiese sido tan común como lo es hoy, no nos veríamos obligados a suponer cómo eran determinadas calles, determinadas costumbres o, simplemente, cómo vestían nuestros paisanos o cómo se adornaban los pasos de las cofradías. Es evidente que hoy las cofradías se han dado cuenta del valor que encierra una instantánea y cada vez son más las iniciativas cofrades encaminadas a hacerse con un puñado de fotos que les proporcionen un trocito más de historia.

El tonto que redacta estas líneas, como muchos otros tontos, suele llevar durante todo el año una cámara en el bolsillo y, con ella, ha llegado a apropiarse de escenas que jamás se repetirán. Escenas costumbristas, que forman parte de nuestra historia y de la cultura “ubedí”.
Desde estas líneas, aprovecho para reivindicar la labor de tantos y tantos “tontos de la cámara” que, también en Semana Santa, realizan un trabajo mucho más productivo que el de mirar, desde la acera, cómo pasa una procesión.

 
Free counter and web stats