8.12.02

NIÑOS DE PAPA


Siempre tiene uno la percepción de que el tiempo transcurre demasiado deprisa. Cuando ahora pienso en los avatares que ha sufrido la Cofradía de “La Sentencia”, desde que se gestó la idea hasta su primera salida, veo que no en todos los casos la vida corre tan inexorablemente. Tengo la sensación de que fue hace muchísimos años cuando un grupo de niños ubetenses decidió fundar una hermandad y, sin embargo, sólo fue a comienzos de los noventa cuando Fran, Manolo y Pedro, junto con otros amigos, adoptaron la decisión de regalar a nuestra Semana Santa una cofradía penitencial. En 1990 fundaron la Asociación Cultural BARLOMU que serviría de tapadera a unas actividades “semi-clandestinas” cuyo verdadero fin era fundar una cofradía. Tenían entre 12 y 13 años. Cuando hoy miro a mis alumnos de esa misma edad, no los imagino capaces de una gesta de tal magnitud. Entonces me sucedió igual. Jamás llegué a creer en aquella iniciativa. No, no soy ningún bicho raro y mucho menos un desconfiado. La verdad es que, dicho sea de paso, casi nadie creía entonces en “aquel caprichito de nenes bien”. Comentábamos, con cierta sorna, que “serían unos niños de papá, con bastante serrín en la cabeza y pocas preocupaciones” los que podían idear algo tan descabellado. ¡Nada menos que el momento en que Jesús fue sentenciado!. No podían haber buscado otro momento de la pasión menos multitudinario. No sé... cualquier momento en el que Jesús estuviese solo o con un par de discípulos a lo sumo. Eran muchas imágenes, mucho dinero, un enorme trono, (¡querían sacarlo a hombros!), no tenían iglesia, ni cura que los amparase, eran “cuatro gatos” y además el Obispo Aracil no estaba por la labor...

Ahora sé por qué me parece que ha pasado tanto tiempo de aquello: ...por las zancadillas. Sí, sí por esas zancadillas que la propia jerarquía eclesiástica les puso una y otra vez con la singular perseverancia que caracteriza a muchos sectores anti-cofrades. Estos niños, como Jesús, caían ante esas zancadillas y volvían a levantarse como si nada hubiese pasado. Ante la perseverancia clerical, ellos respondían con una tozudez impropia de la edad. También recibieron reveses que venían del propio mundo cofrade, pero ellos ni se inmutaban. Con una madurez impropia de la edad, tenían tan claros sus fines que volvían a levantarse mientras la caída les proporcionaba heridas que cicatrizaban con prontitud y nuevas fuerzas para seguir en su empeño. Sólo ellos saben la verdad de las desilusiones y desengaños sufridos en el azaroso camino.

En 1997 fueron grupo parroquial. Aquel asunto tomaba otros tintes. Parecía que la cosa iba en serio e incluso sus detractores los admitieron, muchos de ellos de mala gana, en el seno de la Unión de Cofradías. Algunos empezamos a creer en ellos.

Querían tener un Cristo y se apuntó alto. No se conformaban con contactar con un aprendiz de escultor, de esos de tres al cuarto, que te “venden” una imagen a precio de saldo con tal de ver procesionar alguna de sus obras. Creo que la imagen de Cristo fue regalo de un donante anónimo. Orientaron los pasos de ese donante hacia a Sevilla. Nada menos que se buscaron las inspiradas manos del gran maestro José Antonio Navarro Arteaga. Decir Navarro Arteaga, en el mundo cofrade, significa pronunciar palabras mayores. Hablar del joven y maduro Navarro es hacerlo de la conjunción de la serenidad con el equilibrado movimiento, es nombrar a uno de los mejores escultores contemporáneos que pasará a la historia como uno de los más grandes del tercer milenio. No hay otro Cristo en Úbeda que inspire tanta devoción como el de “La Sentencia”. Si hoy mismo, en el año 2003, se hubiesen dirigido a Navarro Arteaga para que les hiciese un paso de misterio, hubiesen tenido que esperar largo tiempo en una interminable cola y no estoy seguro de que la empresa hubiese llegado a buen puerto, por motivos económicos. Estos “niños de La Sentencia”, tuvieron intuición, visión de futuro y contrataron a un escultor que comenzaba a despuntar, al que se le veía un brillante futuro y cuyos honorarios son ya hoy prohibitivos.

Una imaginería de tan hondo calado necesitaba de un buen “barco” para soportarla. El trono también debería ser de primer orden y volvieron a no escatimar esfuerzos. Cuando esté acabado no habrá otro de tanta categoría en Úbeda. Esa categoría única viene dada por el prestigio de su autor. Manuel Guzmán Bejarano es un grande de la arquitectura en madera. La crítica lo idolatra, los que conocemos su obra estamos enamorados de ella y los ubetenses irán descubriendo el arte que destila su sevillano taller, a medida que vayan concluyendo las diferentes fases de un paso cuya grandeza ya puede intuirse.

El 24 de octubre de 1999 nacía, para Úbeda, una nueva cofradía que hacía su primera estación de penitencia en la Semana Santa del año 2000. Naturalmente yo no estaba dispuesto a perderme aquella primera salida. Así debió pensarlo una gran cantidad de ubetenses. Los alrededores de Santa Teresa estaban abarrotados de una muchedumbre expectante ante aquella primera salida. Decir “yo vi salir, por primera vez, a La Sentencia”, no es cualquier cosa. Pensábamos verla ese año, en su primera salida, y a otra cosa. La iglesia no daba mucho juego para una salida “en condiciones”. Un edificio moderno, en un barrio moderno y de poca tradición cofrade no se prestaba a grandes emociones. Craso error. Cuando la banda de María Santísima de las Penas comenzó a tocar, se hizo un silencio expectante. Las enormes puertas de abrieron y vimos como un enorme paso sustentaba a un Cristo que “caminaba” hacia la calle.

Respeto, fervor, emoción y sobrecogimiento fue todo lo que sentí en aquellos cerca de treinta minutos, que fue lo que duró esa salida. Una cofradía más había llegado a las calles de mi pueblo y era una cofradía de las buenas, de las auténticas, de las del silencio y el respeto, de las de la fe y el mensaje evangelizador.

En los días previos, yo había temido por el folclore al que pudiesen tender los costaleros. Desde niño sólo había conocido el costal de La Soledad. Entonces me gustaba pero, a medida que cumplo años, voy siendo más reacio a esas manifestaciones lúdico-religiosas. Perfectamente acompasado con los toques de la banda, Jesús marchaba camino de la Torrenueva. El leve movimiento del bajo de su túnica daba la sensación de que una figura humana caminaba lentamente por nuestras calles.

Las “levantás” sin estridencias, las “chicotás” con el paso justo y sin abusar, el silencio enorme, la compostura extrema y el más grande testimonio de fe. Cristo era el protagonista, los penitentes pasaban desapercibidos envueltos en el anonimato de su estación de penitencia. Como debe ser.

Juré no volver a perderme jamás aquella salida, como no he dejado de asistir nunca a la de Jesús Nazareno. Mientras Dios me dé salud, estaré allí, al inicio de la madrugada de cada Viernes Santo, para vivir uno de los pocos momentos de la Semana Santa ubetense en los que uno puede sentirse orgulloso de ser cofrade.

Perdonad que, hace no tantos años, muchos dudásemos de vuestra seriedad y de vuestra capacidad de trabajo y sufrimiento, de vuestra firmeza en la lucha contra las adversidades. Sí que érais unos niños, pero unos niños con las ideas muy claras y con un tesón infinito.

Amigos cofrades de “La Sentencia”, no os procupéis por las reticencias que levantaron las peculiaridades de vuestra excelente banda, ni por el rechazo inicial a vuestros modos (“no ubetenses”), ni por el escaso número de hermanos de vuestro guión (mejor pocos y auténticos...). Estáis enseñando vuestro talento, vuestro empaque y vuestro buen hacer a muchas de las veteranas cofradías de Úbeda. A la vuelta de unos años, ¿a ver quién os tose?.

2.12.02

LOS CABALLEROS 24

El jueves, día 28 del mes de noviembre, la Plaza Vieja (hoy de Andalucía) fue objeto de un homenaje póstumo por parte de un colectivo de preclaros ubetenses, amantes de su ciudad, autodenominado “Los Caballeros 24”, en clara alusión a los regidores designados por los monarcas que constituían el concejo o ayuntamiento de las ciudades, junto a dos alcaldes, un alguacil mayor, 20 jurados y 20 escribanos.

Tras leer un manifiesto a modo de responso, los integrantes de este singular grupo depositaron una corona de laurel, en lo alto de una de las farolas de la plaza y encendieron media docena de rojas velas funerarias en señal de duelo. Todo ello con evidentes muestras de dolor en sus rostros y ante los aplausos de muchos de los vecinos que, desde sus balcones, daban ánimo a los dolientes. Prendida de la corona, una cinta de color blanco en la que figuraba la leyenda: “Plaza Vieja, Úbeda no te olvida”.

El acto pretendía reivindicar la anterior fisonomía de la Plaza Vieja (de los Cipotes, de Toledo o del General Saro) en contraposición a la desértica explanada hoy existente, a la que compararon con la cubierta de un portaviones.

Aunque un poco falto de reflejos, por la tardanza con la que han puesto en práctica su iniciativa, este grupo ha venido a canalizar el descontento de una amplia mayoría de los ubetenses sobre el estado en que ha quedado su plaza tras la construcción, en el subsuelo, de un aparcamiento. A este respecto podemos mencionar la encuesta que realiza la web “Úbeda en la Red” (http://ubeda.ciudad.org) sobre el parecer de nuestros conciudadanos en lo referente al resultado final. Sólo un 24% de ellos cree que la plaza está mejor que antes mientras que el 76% opina que faltan árboles, fuentes, que los políticos “se la han cuajado” o simplemente que está peor que antes. Todo ello sin entrar a valorar la conveniencia o no de la vuelta de la estatua del General Saro apoyada por un importante sector de ciudadanos, según muestran los resultados de una encuesta efectuada por la televisión local.

Plaza Vieja, de Toledo, de Andalucía, del General Saro, de los Cipotes..., creo que resulta evidente que, éste último, es el nombre que mejor le queda.

26.11.02

COFRADES...


Resulta curioso comprobar cómo los asuntos relacionados con la Semana Santa no se anquilosan. A pesar de ser una tradición de centenaria ranciedumbre va acompasándose a los tiempos. Los cofrades descubrimos nuevos caminos, nuevas metas y renovados matices en algo que, visto desde fuera, pudiese parecer rutinario. Ocurre en todos los aspectos. También en los aparentemente más superficiales. Viene esto a cuento de que, limpiando mi disco duro, descubrí hace unos días una clasificación cofrade que escribí cuando no tenía nada mejor que hacer. Después de leerla, y cuando la había creído cerrada, me di cuenta de que estaba obsoleta o, mejor dicho, me di cuenta de que los tipos persistían pero había sido capaz de descubrir otros nuevos al paso, tan sólo, de un par de años o tres.

En los días en los que escribo para el Anuario 2003, una serie de contrariedades personales me impiden el sumergirme en temas transcendentales. Para eso hay que estar centrado y concentrado y no tengo gana ni de lo uno ni de lo otro. Así que se me ha ocurrido que podía ser bueno el rehacer esta tipología del cofrade, que necesita de una actualización...

Alguna vez me he preguntado por qué a las asambleas de las cofradías acude menos del 10% de los hermanos. A no ser que se vayan a tratar asuntos de extrema transcendencia, son escasos los cofrades que anualmente asisten a esa convocatoria. Buscando las razones de ese generalizado absentismo, he llegado a la conclusión de que la gente pertenece a las cofradías por motivos bien distintos. Cada cual busca en su hermandad cosas diferentes y se relaciona con la cofradía de forma diversa lo que origina distintos tipos de cofrade. Pensando en ello, y a partir de mi experiencia cofradiera, he logrado encontrar algunos tipos distintos entre si.

A pesar de que mucho se ha escrito de la Semana Santa y de los ríos de tinta que quedan por derramarse, creo que no se han tratado en profundidad las motivaciones que pueden acercar a los cofrades a sus hermandades. Esta segunda revisión me hace tener la certeza de que me dejo muchas cosas en el tintero. Naturalmente habrá quienes no estén de acuerdo conmigo. Es comprensible. Jamás pretendo sentar cátedra sino dar una visión particular y subjetiva. Podrían existir, incluso, otras clasificaciones según cuál fuese la faceta a evaluar. En mi caso esta clasificación viene dada por las relaciones que el cofrade mantiene con su hermandad (¿cómo la ve?, ¿qué espera de ella?, ¿qué está dispuesto a darle?...). Según esos parámetros, la tipología del cofrade podría ser la siguiente:

APÁTICO O INDIFERENTE. Jamás he llegado a conocer las poderosas razones que tiene un cofrade para que su única relación con su hermandad sea la de pagar la cuota anual. Este es el caso del cofrade APÁTICO. Paga “religiosamente" el recibo de la cofradía a la que pertenece pero no acude a ninguno de los actos que se convocan. Ni siquiera participa en la procesión. Dentro de este grupo estaría el subgrupo de los que pertenecen a varias cofradías (el cofrade MÚLTIPLE que luego veremos). Es normal que los miembros de este subgrupo no puedan "cumplir" satisfactoriamente con todas sus hermandades, pero al menos lo hacen con una. No obstante el APÁTICO puro es el que, perteneciendo a una sola cofradía, la ignora en todos sus aspectos. Recuerdo ahora el caso de una persona que lleva en mi cofradía más de cincuenta años. Hace poco tiempo, me enteré de su pertenencia a la misma. Es el clásico INDIFERENTE. Fue convocado por la junta directiva para entregarle un premio por su constancia (más bien por los años de permanencia en el libro de inscripciones, digo yo) y, a pesar de excelente salud, no se presentó a recogerlo.

PUNTUAL. Como el calificativo puede dar lugar a equívocos, explicaré que el cofrade PUNTUAL es aquel que sólo tiene un par de citas "muy puntuales" con su cofradía al año. Normalmente esas dos citas son la Fiesta Principal de la hermandad y la procesión. Fuera de eso, que no lo busquen para nada. Ni siquiera para participar en la Procesión General (esa no es la suya). El resto del año está “missing”.

LAUREADO. Este tipo de cofrade suele encontrarse dentro de las juntas directivas. Alguno hay ya fuera de ellas. Trabaja poco o nada por la hermandad pero a la hora de ponerse el traje, representar y, si se tercia, colgarse las medallas... es el primero. Donde haya un báculo allí está él. Le gustan todas las procesiones, mejor si son sin capuz, y en los actos oficiales suele sentarse en los asientos reservados, aunque la reserva no sea para él. Tiene mucho de exhibicionista y una extrema facilidad a la hora de estirar el cuello para que lo vean. Para las hermandades de nuestra ciudad, son parásitos que nada aportan y que disfrutan saboreando el prestigio social que no han alcanzado en su faceta profesional y/o privada, pero que les brinda el hecho de ser miembro de una junta directiva. No suelen darse cuenta de que en Úbeda nos conocemos todos. A este tipo se le conoce también por FANTASMA.

IMPENITENTE. Rara avis. Normalmente pertenece a una sola cofradía de Semana Santa a la que es fiel hasta en los menores detalles y hasta la muerte. Por lo general tiene entre los 25 y los 45 años (ya que más tarde pasa a ser ETERNO y luego JUBILADO). Apunta a sus hijos a la cofradía antes de bautizarlos, colabora en todo lo que la hermandad le pide y en lo que no le pide. Asiste a todas las actividades organizadas por su cofradía y normalmente "se apunta" a todo cuanto huela a Semana Santa. Sale hasta en la Procesión General y pide expresamente que lo entierren con su túnica. Amante de todas y cada una de las cofradías de Úbeda, vive la Semana Santa con enorme intensidad. Suele ver la salida de cada hermandad, aunque en ello le vaya la vida, y asiste al paso de la procesión todas las veces que puede, "atajando" por los callejones. Su esposa, que no es capaz de seguir su ritmo, ya lo ha dado por imposible.

DEVOTO. Es el cofrade en estado puro. Además de reunir todas las características del cofrade IMPENITENTE, vive la Semana Santa desde la profundidad de la fe. Conoce a la perfección el sentido que tiene el salir en procesión y asiste a las celebraciones litúrgicas propias del momento.

ETERNO. Desde siempre se le identifica con su cofradía. La muerte o insalvables problemas de salud lo retiran de su actividad cofrade. Suelen ser esas personas a las que, más que por su profesión o por su nombre, identificamos por la cofradía a la que pertenecen. Están presentes en las fotografías en blanco y negro y en las de color y han ocupado diversos puestos en la junta directiva a lo largo de varias décadas. Hoy ostentan un cargo honorífico y/o siguen al pie del cañón para lo que se les necesite. Por su veteranía, han recibido algún reconocimiento público y dejarán la actividad cofrade el día en que Dios los retire de ella.

CURRANTE. Es todo lo contrario del cofrade LAUREADO. Por lo general, no suele buscar la notoriedad. No le interesan las medallas y desarrolla su labor en la sombra pero con una enorme eficacia. Trabaja "como un mulo" y es indispensable en cualquier directiva (es una especie en vías de extinción). Como las cofradías andan escasas de hermanos que arrimen el hombro, va pasando de una junta directiva a otra como si se tratase de una parte del patrimonio de la hermandad. Lo mismo te monta el altar para el Corpus, que te pinta los hachones o te instala, casi él solo, la caseta de feria (luego se mete tras la barra más días que nadie). Es un diamante en bruto al que hay que considerar. Por lo general, no se le pueden encargar trabajos de carácter intelectual pero "currar"... "curra" lo suyo y lo ajeno.

MARATONIANO. Su "fondo de armario cofrade" es variopinto (rasos y terciopelos de colores surtidos). Pasa casi toda la Semana Santa vestido de penitente. Sale en tres o cuatro, a veces hasta en cinco, cofradías y vive la Semana Santa como un maratón, corriendo de su casa a la iglesia y viceversa, para cambiarse de túnica. Suele levantarse el capuz, para saludar a los amigos al paso de la procesión, y que estos lo vean. Llega extenuado al Sábado Santo.

MÚLTIPLE. Pertenece a varias cofradías, por regla general a más de dos. En contraposición al MARATONIANO, no "cumple" con todas y tiene "su favorita". Sería lo que en Sevilla se conoce con el nombre de "capillita". Suele acudir a los actos que todas sus cofradías convocan, aunque normalmente no sale en procesión más que con una de ellas.

EMIGRANTE. Es aquel que, por motivos laborales, reside fuera de Úbeda. Según la cantidad de kilómetros que lo separan de nuestra ciudad, acude a Úbeda todas las veces que puede al año pero indefectiblemente lo hace , como mínimo, en Semana Santa. Vuelve a su pueblo, según los casos, el viernes previo al Domingo de Ramos, el sábado o el Miércoles Santo y le falta tiempo para soltar las maletas en casa del familiar de turno y echarse a la calle para sumergirse en cada uno de los actos, situaciones e improvisadas tertulias que tengan relación con nuestra Semana de Pasión. Viste su túnica penitencial el día de la procesión y se empapa de los olores y sabores (también de los colores) que Úbeda le ofrece en esa crucial semana. Regresa a su lugar de trabajo con la sensación agridulce de que todo ha durado demasiado poco y con una bolsa de hornazos que, por unos días más, prolongarán parte de las sensaciones vividas.

JUBILADO. La edad o algún tipo de contrariedad física le impiden salir en su procesión realizando un largo recorrido con el rostro cubierto (a veces se les ve, renqueantes, de paisano junto a la bandera de la hermandad o tras uno de sus tronos). Acude a los actos para los que su salud no es un inconveniente. Generalmente son muy bien considerados dentro de su cofradía ya que son todo un ejemplo de constancia cofradiera. Los he visto emocionarse al paso de su hermandad por las calles de Úbeda y merecen nuestro máximo respeto por habernos legado casi intacta una de nuestras más ancestrales tradiciones. Se diferencian del cofrade ETERNO en que ya no son miembros activos.

COSTALERO. Con el aumento de los pasos llevados a hombros, prolifera por nuestra ciudad este tipo de cofrade que es mitad “profesional del tema” y mitad devoto (existe también la variante exclusivamente “profesional”). Miran un poco por encima del hombro a los “achucha-tronos”, hablarles de las ruedas es, para ellos, como nombrar la soga en casa del ahorcado y, aunque el hombro se inventó antes que la rueda, nada tienen que ver con los costaleros que todos hemos visto en las fotos, en color sepia, de las procesiones ubetenses de primeros del siglo XX. Por aquello de la globalización, los costaleros ubetenses de hoy han importado términos de la “jerga tronil” de la baja Andalucía y te hablan de “costero”, de “chicotá”, de “levantá” y, por supuesto de “a ésta es...”. Confieso que, charlando con ellos, me he llegado a sentir descolocado, algo así como cuando uno habla con un “guiri” o un “cheli”, aunque he conseguido ponerme al día, de un tiempo a esta parte.

CIBERNETICO o CIBERCOFRADE. Con el acceso de una parte importante de la población a las nuevas tecnologías de la información y más concretamente a Internet, abundan por la Red las webs, las listas de correo electrónico, los “chats” o las “news” cofrades. Durante todo el año, la actividad cofrade es incesante y esos medios electrónicos no son ajenos a la misma. El cibercofrade visita las webs “semanasanteras” (de bandas, hermandades, marchas, bordados, orfebrería o lo que se tercie), se suscribe al canal #cofradías para charlar en directo y, por descontado es miembro de una lista de correo-e desde la que, a diario, recibe información, opiniones, fotos, contesta a ciertos “emilios” y envía sus aportaciones. Nuestra ciudad está muy bien representada en estos foros con varios de sus “cofrades de pro”.

PATOLOGICO. Lo he dejado para el final de este catálogo porque reúne muchas de las características de los tipos anteriormente mencionados. Para él todo el año es Semana Santa. Necesita sentirla a diario y, allí donde va, (bien de manera instintiva, bien intencionadamente), saca el tema para “pegarse una pequeña sobredosis”, que le vaya ayudando a superar su mono, mientras llega la semana pasional. Sólo en ocasiones, es consciente de que necesita una cura de desintoxicación aunque, en la mayor parte de los casos, los efectos del síndrome de abstinencia le hacen sentir alucinaciones en las que considera a los demás como “raritos”. Muchas veces, se encuentra fuera de juego: los he visto, en pleno cotillón de fin de año, intentando averiguarte los estrenos de tu cofradía o celebrando el exorno floral de Nuestra Señora de la Esperanza. Si escuchan una corneta se vuelven locos y no pueden ni probar el olor a incienso.

Lógicamente no es posible encontrar a cada uno de estos tipos en su estado puro. Los matices se entremezclan y así se puede ser a la vez CIBERNETICO y PATOLOGICO, IMPENITENTE y ETERNO, CURRANTE Y DEVOTO e incluso todas esas cosas juntas. Pueden existir múltiples combinaciones. También es cierto que existen incompatibilidades entre ciertos tipos: no se puede ser, por ejemplo, APÁTICO e IMPENITENTE a la vez.

Hasta aquí esta especie de divertimento sin más pretensiones. Prometo que si, con el paso de los años, vuelvo a encontrar nuevos tipos incorporados a nuestras cofradías, no tendré reparo alguno en enmendar esta tipología del cofrade.

24.10.02

EL TRIUNFO DE ÚBEDA

Hace unos días, alguien me contó que un chico de Úbeda había sido casi seleccionado para participar en el famoso concurso televisivo “Operación Triunfo”. De entre 20 candidatos, que pasaron a la final del concurso, deberían ser seleccionados 16 ó 17 y entre ellos se encontraba nuestro ubetense.

Mi secular optimismo me hacía tener la certeza de que Danni Úbeda, ese es su nombre artístico, sería uno de los elegidos y, el día siete de octubre, en torno a las diez de la noche, me senté delante del televisor para sintonizar Tele 5. ¡Sí que estaba enterado yo!. A esa hora, y en esa cadena, había un programa basura de esos que suelen ser habituales en cualquier momento del día o de la noche. Menos mal que entró en la habitación mi mujer, algo más adicta que yo a la caja tonta, y me sacó de mi imperdonable error contándome que “Operación Triunfo” se emitía a través de la primera cadena de Televisión Española. Impaciente, pulsé el uno en el mando a distancia, del cual fui propietario durante unas horas al encontrarse mis hijos durmiendo. Un presentador, cuya cara me sonaba pero de nombre ignorado, hacía la introducción al programa no sin cierta dificultad. De pronto sonó el nombre de Úbeda, no recuerdo si asociado a Danni o a la ciudad donde nació. Yo estaba nervioso, parecía un “quinceañero”. Pensaba en mi hija y en lo que me hubiera dicho si me hubiese visto en semejante estado de excitación, a mis cuarenta y tantos. Seguramente ella no hubiese entendido que a mi el personaje no me interesaba en exceso (tal vez tenía una ligera curiosidad por reconocer a alguno de sus familiares), que me daba igual el timbre de voz que tuviese y que, visto el producto obtenido en la anterior edición del programa, no sentía ninguna ansiedad por tener en mis manos su primer CD.

Del asunto, me emocionaba el pelotazo que para mi pueblo iba a significar la aparición de su nombre en la tele durante muchos meses. Ya imaginaba las secuencias filmadas en la Plaza de Santa María, con El Salvador al fondo, contaba los cientos de veces que el nombre de Úbeda sería pronunciado ante millones de personas y hacía cuentas de los miles de euros que los ubetenses tendríamos que habernos gastado para publicitar en televisión a nuestra ciudad de esa forma tan bestial. Me regocijaba de que todo ello lo íbamos a tener “por el morro”, “por la cara”, de la mano de un chico que, llamándose Campos, decidió colocarse por nombre de guerra el de Danni Úbeda que suena más a cantante de copla que a estrella del rock. Daniel estuvo trabajando en un hotel de Salou y, reconozcámoslo, Danni Salou suena más ostentoso, más internacional, tiene más “caché”. Sin embargo Úbeda tiene “un no sé qué” que nos impregna, un embrujo que nos invade y, excelentemente asesorado, Daniel adoptó el nombre de la ciudad de los cerros para pasearlo por todo el mundo (el programa se emite a través de una plataforma digital). No lo conozco pero, como ubetense, tengo motivos suficientes para desearle un rotundo éxito en su vida profesional y, sobre todo, en la personal. Quien sí que tengo muy claro que ya ha triunfado es Úbeda.

Rosa no me enterneció con su figurilla oronda y su cerrado acento granaíno. Tenorio no me atrajo con su belleza de busto romano. Este verano me he librado de bailar el Ave María de Bisbal y el acaramelamiento entre éste y Chenoa no me ha quitado el sueño. Incluso reconozco que, para escribir estas pocas líneas, he tenido que pedir asesoramiento a mi hija de once años, más ducha en estas lides. La Academia, los profesores, las canciones, el horario intempestivo en el que se emite el programa no me han producido ni frío ni calor. Tampoco me importa si Danni es un “diamante en bruto” (como lo calificaron los que hicieron la selección), si canta salsa, rock, merengue o bachata y ni siquiera sé si su triunfo será o no efímero. Ni siquiera estoy seguro de que Danni siga en el programa cuando estas líneas vean la luz. Lo que sí tengo muy claro es que, desde hoy mismo, me declaro fan incondicional suyo, para bien o para mal, hasta que la tele nos separe. El día en que Úbeda sea nombrada Patrimonio de la Humanidad, no sé si mi corazón lo soportará.

1.1.02

COFRADES DEL ISLAM

Es probable que, a juicio de los más ortodoxos, mi colaboración anual para con la revista Gethsemaní traiga, este año, tintes poco “semanasanteros”. De eso se trata. Reducir la vida de una cofradía a las actividades propias de la Semana Santa me parece muy pobre. Por tradición, y a fin de dar testimonio público de fe, las cofradías han de sacar a la calle, de forma anual, a sus imágenes pero lo cierto es que cada vez estoy más convencido de que eso ha de ser algo casi accesorio en la tarea cofrade. Impregnar a la sociedad de las cosas en las que creemos (dar testimonio, que se dice) y cubrir las enormes lagunas que, en el terreno de la solidaridad, dejan las administraciones públicas deben ser los objetivos fundamentales del cofrade. Una vez cumplimentados esos objetivos, podremos envolvernos en nuestra túnica penitencial con la tranquilidad que proporciona el deber cumplido. Tengo la impresión de que bastantes de los dirigentes cofradieros ven de esta manera el sentido de la existencia de las cofradías al inicio del nuevo milenio. Creo que por esta causa Cáritas organizó la apertura de un comedor, durante la pasada campaña de recogida de la aceituna, que dio de cenar a los cientos de inmigrantes, sobre todo magrebíes, que han aterrizado por nuestra ciudad. Porque si efectivamente es Cáritas quien organiza no es menos cierto que ha sido decisiva la colaboración de los cofrades ubetenses en el discurrir satisfactorio de esta iniciativa. Cofrades de todas las hermandades, muchos de ellos de la nuestra, que han puesto a disposición de Cáritas su tiempo libre y un material importante para convertirse, por unos meses, en cofrades del islam.

Decía el Presidente de la Unión de Cofradías de Semana Santa en una tertulia radiofónica que no era cuestión de colgarse medallas en este asunto. Creo que llevaba razón. Si las cosas se hacen con humildad, de forma altruista y sin que una mano sepa lo que hace la otra, no es cuestión de colgarse medallas aunque sí de poner a cada cual en su sitio. Las cofradías han solucionado a los políticos no pocos problemas en este aspecto. Los representantes de lo público, con tiempo, medios e infraestructuras suficientes han pasado en fuera de juego gran parte de la campaña de recolección de aceituna. Eso por no hablar de los empresarios agrícolas. Las hermandades, con escasos medios pero con un poder de convocatoria sorprendente, han vuelto a dar ejemplo de lo que es remangarse y ponerse las pilas para servir a los demás ignorando credos, razas y costumbres, fijándose en que todos los demás son mi prójimo, en un año que podía predecirse como especialmente conflictivo entre culturas distintas, tras los acontecimientos del pasado 11 de septiembre en E.E.U.U.

Al carro tirado por las cofradías se han subido multitud de ubetenses que no son cofrades, unos por afán de solidaridad, otros para evitar remordimientos y tranquilizar sus conciencias. Ha habido también ciudadanos que han expresado, escondiendo inmediatamente la mano tras lanzar la piedra, su rechazo más visceral a estos hermanos nuestros venidos principalmente de los países árabes. Todos hemos tenido la oportunidad de leer las repugnantes pintadas racistas aparecidas en muchos de los rincones de nuestra ciudad. Eso sí, cuando se pregunta de forma pública a los ciudadanos, no encontramos entre ellos ningún racista. La verdad es que esta afirmación (“yo no soy racista”) creo que es sincera. Es cierto que el rechazo que producen en muchos españoles estas personas no es una cuestión de raza. En todo caso creo que existe un “racismo económico” que nada tiene que ver con el color de la piel. Estos “moros” que se dejan caer por aquí son pobres, más que pobres... son miserables. Si no fuese así se dejarían caer por Marbella y serían la admiración de cualquier turista. Creo que a nadie le importaría alquilarle un piso al deportivista Naybet, tener por yerno a Makelele o ser vecino de Roberto Carlos sobre todo si fuésemos nosotros los que tuviésemos que ir a vivir a la urbanización donde el brasileño reside. A Rivaldo sí que no le compraría yo un coche de segunda mano pero conste que no es una cuestión racial, sino porque mi incorruptible madridismo me impide tratos con gentes que vengan de determinados equipos del noreste peninsular.

A los árabes debemos una gran parte de nuestra cultura, desde la Escuela de Traductores de Toledo hasta los avances en medicina, matemáticas o astrología y muchas otras cosas. En lo básico, nuestra religión es muy parecida a la suya: un solo Dios, un profeta, un libro sagrado y una vida después de la terrenal. También los cristianos hicimos la “guerra santa” (si es que a una guerra se le puede dar ese calificativo) y todavía quedan entre nosotros facciones fundamentalistas. El envoltorio es diferente pero lo fundamental es común. Además de ese “racismo económico”, perdura hoy un “racismo cultural” que sigue sin tener que ver con el color de la piel. Es natural. Yo puedo ser solidario con el pobre pero jamás casaría a una hija mía con alguien que siguiese a rajatabla el Corán. Para el Corán los hombres están en una categoría superior a la de la mujer. En su cultura la mujer es como un mueble, está en un plano inferior al del hombre. Tiene escasos derechos. Es un objeto más. Nuestra sociedad ha luchado mucho por conseguir la igualdad entre sexos y no es cuestión de tirar por la borda lo que hemos tardado siglos en obtener. Un marroquí alumno mío, Karím, me confesó que antes de escapar hacía España había tenido que realizar un matrimonio de conveniencia para poder cruzar el estrecho dado que su religión consagraba el cuidado de las personas mayores y, de esta forma, había podido dejar a su esposa al cuidado de su madre anciana. No estaba enamorado de aquella mujer pero, de otra forma, no hubiese podido abandonar su país. Otro compatriota suyo, Abdou, me contaba cómo venían a España engañados, obnubilados por el coche nuevo y los regalos que, cada año, el tipo más tonto de su pueblo llevaba a Marruecos durante sus vacaciones. “Si el más tonto de mi pueblo, razonaba Abdou, era en mi país un potentado... ¿por qué no podría serlo yo?”. Mis amigos Karím y Abdou sólo tenían la idea de ganar un millón de pesetas para volverse definitivamente a Marruecos y montar allí un locutorio telefónico con el que poder mantener a su familia. Decían que allí aquello era un negocio redondo. De Karím supe que es explotado en un aserradero de Soria. Abdou, administrativo y con conocimientos de informática, volvió decepcionado a su tierra donde se dedica a quitarle a los jóvenes la idea de cruzar el estrecho, porque supo por propia experiencia que el PARAISO no existe. Dice su primo, un vendedor ambulante que tiene a sus hijos en mi colegio, que Abdou vive en la más honda de las decepciones y en la más profunda de las pobrezas.

Esa pobreza es la que nos da miedo. Al ver por aquí a esos inmigrantes, tal vez tengamos pánico de que se nos contagie, pánico de ser desplazados de esta vorágine consumista en la que vivimos para vernos sumidos en la miseria más absoluta. De esa miseria escapan esos marroquíes y argelinos que se juegan la vida en el mar para alcanzar el paraíso. Tienen derecho a ello. El mundo es de todos y todo ciudadano tiene el derecho de escapar de la cloaca en la que vive para buscar horizontes dignos para él y su familia. Nosotros no podemos negarles este derecho. España ya fue un país exportador de emigrantes. Cuando éramos el culo de Europa los españoles y españolas marchaban al extranjero en busca de una vida digna. También se les maltrataba, aunque fuese psicológicamente. Se les miraba por encima del hombro y se les humillaba. Vivían en guetos y jamás llegaban a integrarse en la sociedad que los recibía. No era aquella una emigración anárquica. Todo estaba controlado. La mayoría marchaba con aquella maleta de madera o cartón atada con cuerdas (que tanto hemos visto en documentales retrospectivos) y su contrato de trabajo bajo el brazo.

Nosotros no hemos aprendido la lección. Si en nuestro país hace falta mano de obra, ¿por qué no contratarla?. ¿Por qué no se da un permiso de residencia a todo el que lo solicite y demuestre que viene a trabajar en unas condiciones dignas?. ¿Por qué no se ayuda económicamente a los países pobres para dignificar la vida de sus habitantes?. Mientras todo eso llega, nosotros seguiremos dando de comer al hambriento y echando una mano en lo que necesiten a esos hermanos nuestros que no han tenido el privilegio de nacer en un mundo que se llama “civilizado”.

 
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