1.1.02

COFRADES DEL ISLAM

Es probable que, a juicio de los más ortodoxos, mi colaboración anual para con la revista Gethsemaní traiga, este año, tintes poco “semanasanteros”. De eso se trata. Reducir la vida de una cofradía a las actividades propias de la Semana Santa me parece muy pobre. Por tradición, y a fin de dar testimonio público de fe, las cofradías han de sacar a la calle, de forma anual, a sus imágenes pero lo cierto es que cada vez estoy más convencido de que eso ha de ser algo casi accesorio en la tarea cofrade. Impregnar a la sociedad de las cosas en las que creemos (dar testimonio, que se dice) y cubrir las enormes lagunas que, en el terreno de la solidaridad, dejan las administraciones públicas deben ser los objetivos fundamentales del cofrade. Una vez cumplimentados esos objetivos, podremos envolvernos en nuestra túnica penitencial con la tranquilidad que proporciona el deber cumplido. Tengo la impresión de que bastantes de los dirigentes cofradieros ven de esta manera el sentido de la existencia de las cofradías al inicio del nuevo milenio. Creo que por esta causa Cáritas organizó la apertura de un comedor, durante la pasada campaña de recogida de la aceituna, que dio de cenar a los cientos de inmigrantes, sobre todo magrebíes, que han aterrizado por nuestra ciudad. Porque si efectivamente es Cáritas quien organiza no es menos cierto que ha sido decisiva la colaboración de los cofrades ubetenses en el discurrir satisfactorio de esta iniciativa. Cofrades de todas las hermandades, muchos de ellos de la nuestra, que han puesto a disposición de Cáritas su tiempo libre y un material importante para convertirse, por unos meses, en cofrades del islam.

Decía el Presidente de la Unión de Cofradías de Semana Santa en una tertulia radiofónica que no era cuestión de colgarse medallas en este asunto. Creo que llevaba razón. Si las cosas se hacen con humildad, de forma altruista y sin que una mano sepa lo que hace la otra, no es cuestión de colgarse medallas aunque sí de poner a cada cual en su sitio. Las cofradías han solucionado a los políticos no pocos problemas en este aspecto. Los representantes de lo público, con tiempo, medios e infraestructuras suficientes han pasado en fuera de juego gran parte de la campaña de recolección de aceituna. Eso por no hablar de los empresarios agrícolas. Las hermandades, con escasos medios pero con un poder de convocatoria sorprendente, han vuelto a dar ejemplo de lo que es remangarse y ponerse las pilas para servir a los demás ignorando credos, razas y costumbres, fijándose en que todos los demás son mi prójimo, en un año que podía predecirse como especialmente conflictivo entre culturas distintas, tras los acontecimientos del pasado 11 de septiembre en E.E.U.U.

Al carro tirado por las cofradías se han subido multitud de ubetenses que no son cofrades, unos por afán de solidaridad, otros para evitar remordimientos y tranquilizar sus conciencias. Ha habido también ciudadanos que han expresado, escondiendo inmediatamente la mano tras lanzar la piedra, su rechazo más visceral a estos hermanos nuestros venidos principalmente de los países árabes. Todos hemos tenido la oportunidad de leer las repugnantes pintadas racistas aparecidas en muchos de los rincones de nuestra ciudad. Eso sí, cuando se pregunta de forma pública a los ciudadanos, no encontramos entre ellos ningún racista. La verdad es que esta afirmación (“yo no soy racista”) creo que es sincera. Es cierto que el rechazo que producen en muchos españoles estas personas no es una cuestión de raza. En todo caso creo que existe un “racismo económico” que nada tiene que ver con el color de la piel. Estos “moros” que se dejan caer por aquí son pobres, más que pobres... son miserables. Si no fuese así se dejarían caer por Marbella y serían la admiración de cualquier turista. Creo que a nadie le importaría alquilarle un piso al deportivista Naybet, tener por yerno a Makelele o ser vecino de Roberto Carlos sobre todo si fuésemos nosotros los que tuviésemos que ir a vivir a la urbanización donde el brasileño reside. A Rivaldo sí que no le compraría yo un coche de segunda mano pero conste que no es una cuestión racial, sino porque mi incorruptible madridismo me impide tratos con gentes que vengan de determinados equipos del noreste peninsular.

A los árabes debemos una gran parte de nuestra cultura, desde la Escuela de Traductores de Toledo hasta los avances en medicina, matemáticas o astrología y muchas otras cosas. En lo básico, nuestra religión es muy parecida a la suya: un solo Dios, un profeta, un libro sagrado y una vida después de la terrenal. También los cristianos hicimos la “guerra santa” (si es que a una guerra se le puede dar ese calificativo) y todavía quedan entre nosotros facciones fundamentalistas. El envoltorio es diferente pero lo fundamental es común. Además de ese “racismo económico”, perdura hoy un “racismo cultural” que sigue sin tener que ver con el color de la piel. Es natural. Yo puedo ser solidario con el pobre pero jamás casaría a una hija mía con alguien que siguiese a rajatabla el Corán. Para el Corán los hombres están en una categoría superior a la de la mujer. En su cultura la mujer es como un mueble, está en un plano inferior al del hombre. Tiene escasos derechos. Es un objeto más. Nuestra sociedad ha luchado mucho por conseguir la igualdad entre sexos y no es cuestión de tirar por la borda lo que hemos tardado siglos en obtener. Un marroquí alumno mío, Karím, me confesó que antes de escapar hacía España había tenido que realizar un matrimonio de conveniencia para poder cruzar el estrecho dado que su religión consagraba el cuidado de las personas mayores y, de esta forma, había podido dejar a su esposa al cuidado de su madre anciana. No estaba enamorado de aquella mujer pero, de otra forma, no hubiese podido abandonar su país. Otro compatriota suyo, Abdou, me contaba cómo venían a España engañados, obnubilados por el coche nuevo y los regalos que, cada año, el tipo más tonto de su pueblo llevaba a Marruecos durante sus vacaciones. “Si el más tonto de mi pueblo, razonaba Abdou, era en mi país un potentado... ¿por qué no podría serlo yo?”. Mis amigos Karím y Abdou sólo tenían la idea de ganar un millón de pesetas para volverse definitivamente a Marruecos y montar allí un locutorio telefónico con el que poder mantener a su familia. Decían que allí aquello era un negocio redondo. De Karím supe que es explotado en un aserradero de Soria. Abdou, administrativo y con conocimientos de informática, volvió decepcionado a su tierra donde se dedica a quitarle a los jóvenes la idea de cruzar el estrecho, porque supo por propia experiencia que el PARAISO no existe. Dice su primo, un vendedor ambulante que tiene a sus hijos en mi colegio, que Abdou vive en la más honda de las decepciones y en la más profunda de las pobrezas.

Esa pobreza es la que nos da miedo. Al ver por aquí a esos inmigrantes, tal vez tengamos pánico de que se nos contagie, pánico de ser desplazados de esta vorágine consumista en la que vivimos para vernos sumidos en la miseria más absoluta. De esa miseria escapan esos marroquíes y argelinos que se juegan la vida en el mar para alcanzar el paraíso. Tienen derecho a ello. El mundo es de todos y todo ciudadano tiene el derecho de escapar de la cloaca en la que vive para buscar horizontes dignos para él y su familia. Nosotros no podemos negarles este derecho. España ya fue un país exportador de emigrantes. Cuando éramos el culo de Europa los españoles y españolas marchaban al extranjero en busca de una vida digna. También se les maltrataba, aunque fuese psicológicamente. Se les miraba por encima del hombro y se les humillaba. Vivían en guetos y jamás llegaban a integrarse en la sociedad que los recibía. No era aquella una emigración anárquica. Todo estaba controlado. La mayoría marchaba con aquella maleta de madera o cartón atada con cuerdas (que tanto hemos visto en documentales retrospectivos) y su contrato de trabajo bajo el brazo.

Nosotros no hemos aprendido la lección. Si en nuestro país hace falta mano de obra, ¿por qué no contratarla?. ¿Por qué no se da un permiso de residencia a todo el que lo solicite y demuestre que viene a trabajar en unas condiciones dignas?. ¿Por qué no se ayuda económicamente a los países pobres para dignificar la vida de sus habitantes?. Mientras todo eso llega, nosotros seguiremos dando de comer al hambriento y echando una mano en lo que necesiten a esos hermanos nuestros que no han tenido el privilegio de nacer en un mundo que se llama “civilizado”.

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