30.11.10

VIOLENCIA CONTRA LOS DOCENTES



Al hilo de la puesta en marcha en Úbeda de un aula de integración, para alumnos con problemas de absentismo escolar, he vuelto a recordar el abandono que nuestra sociedad ha hecho de la cultura del esfuerzo, sustituyéndola por la picaresca de intentar vivir del cuento, lo mejor posible y sin dar un palo al agua, aunque sea a base de subsidios y de ayudas. Esa “cultura del conformismo y la vagancia” va calando en nuestra sociedad y en nuestros alumnos, muchas veces transmitida por los propios padres.

Hace un par se semanas un diario malagueño colocaba en su portada un preocupante titular que decía: “la violencia contra los docentes se ceba con profesoras jóvenes de Secundaria”. Lo curioso de este tema es que no solamente los alumnos ejercen la violencia contra los docentes, sino también sus padres, que siempre son un ejemplo para los hijos. Lejos de disminuir, la conflictividad en las aulas se está convirtiendo en crónica y muchos docentes, yo los he visto, acuden cada mañana a su trabajo angustiados “como si fuesen al campo de batalla”. Un estudio, realizado por sindicatos tan dispares ideológicamente como son ANPE y CC OO, afirma que “cuando los profesores empiezan a sufrir esta situación entran en una dinámica en la que sólo intentan pasar el día desapercibidos, para evitar más problemas”. Los datos del estudio dejaron al descubierto que existen constantes faltas de respeto en el aula, que hay problemas para dar clase, que proliferan los acosos, las amenazas, los insultos e incluso las agresiones físicas. Ahora que acabamos de conmemorar el Día Contra la Violencia de Género, me preocupa especialmente que tras todos esos comportamientos se esconda, además, un grave problema de sexismo porque el 68% de los usuarios del teléfono del Defensor del Profesor son mujeres, que llaman angustiadas ante la ineficacia de una Consejería de Educación que sólo entiende de palabras grandilocuentes y de propaganda ineficaz, pero que no adopta ninguna medida que sirva para salvaguardar aunque sólo sea la integridad física de profesores y profesoras. Todas las cifras del estudio demuestran un aumento de las agresiones por parte de los padres y, si los padres no tienen respeto por el trabajo de un docente, sus hijos van a aprender lo mismo.

Ante la ineficacia de los políticos sólo queda el confiar en la Justicia, cuyas últimas sentencias por la vía penal, han puesto a los agresores en su sitio. Aún así muchos pensamos que las medidas disuasorias deberían, también, tipificarse en una ley. Alguna Comunidad Autónoma ya la ha aprobado. La nuestra no.

Es triste que, en lugar de hablar de los instrumentos que ayuden a mejorar la calidad de la enseñanza, los docentes tratemos de cubrir nuestras espaldas de las agresiones de algunos padres y de algunos alumnos.

Termina el informe de los sindicatos recomendando que los futuros profesores “adquieran, en las facultades, herramientas para enfrentarse a estas situaciones y para gestionar el aula”. Me ha quedado la duda de si con eso de “herramientas” se hacía referencia a alguna clase de defensa personal.


16.11.10

LA OPINIÓN DE GABILONDO (EDUCACIÓN)

12.11.10

GINZ PROJECT - SECRET VOICES

3.11.10

CUADRITOS AMARILLOS


Me ha dicho la madre de un alumno que su hijo no tiene que hacer deberes en casa, por la tarde, y que tampoco tiene que estudiar. Dice que los niños lo que tienen que hacer es estar en la calle y jugar con otros niños, durante toda la tarde porque ella, además, no puede estar pendiente de él para asesorarlo o simplemente para conseguir que se siente, durante una hora, delante de un cuaderno o de un libro. A pesar de lo dicho, a ella no se le conoce trabajo fuera de la casa. Como me lo ha dicho en un tono agresivo y amenazador, yo sólo le he contestado: “muy bien, usted es la experta”. A base de recibir palos, he aprendido a no contradecir a este tipo de madres porque, además de perder el tiempo, uno se expone a un insulto, a una denuncia, a un empujón o a un guantazo. Además la Consejería de Educación no deja claro si los niños deben hacer deberes en casa. Hay un cierto vacío legal, que recomienda que no se manden deberes aunque, por otro lado, la Consejería vende a bajo precio, tres horas de conexión a Internet, en horario de tarde, para que los niños hagan las tareas del colegio con su ultraportátil. Yo, para cubrirme las espaldas, (que, en estos casos, casi es lo único que me interesa ya), le he dicho al nene que trabaje mucho en clase y que lo que le quede pendiente… que no importa, que él lo que tiene que hacer por las tardes es jugar en la calle y dejar “a su mama” enganchada a lo que sea, da igual que sea una novela televisiva o que se trate de otra cualquier cosa. Lo malo de todo es que mañana puede venir, volviéndome a amenazar, porque discrimino a su hijo, que no lleva deberes a casa, mientras sí que los llevan sus compañeros. Hoy por hoy, a los docentes nos pilla el toro de cualquier forma. Abandonados por los políticos que diseñan la leyes educativas y ultrajados por una parte de la sociedad, la única opción que nos queda es predicar en el desierto y recordar, no sin cierta nostalgia, lejanos tiempos en los que un padre te decía: “apriétele usted al zagal, que no quiero que pase las penalidades que yo estoy pasando”.

Aunque éste “de la madre pedagoga” puede ser un caso un poco extremo, lo cierto es que cada vez son más los padres que no quieren que a sus hijos “se les apriete”, se les exija y se les haga trabajar. Cada vez son más los que dicen que el niño lo que tiene que estudiarse son “los cuadritos amarillos del libro” porque el resto del texto son tonterías y que “los cuadritos amarillos” son lo verdaderamente importante, como si los libros de texto no fuesen ya lo suficientemente parcos y sus contenidos reiterativos y poco novedosos año tras año.

Asuntos como éste, que se vienen dando con más frecuencia de la deseada de unos años esta parte, me han hecho reflexionar sobre la sociedad que estamos formando, cuyos miembros tendrán que sacar a flote al país dentro de unos años y que quieren llegar, no sé dónde, pero siempre aplicando la ley del mínimo esfuerzo con la complicidad de bastantes padres y madres, unos padres y unas madres, muchos de los cuales malviven de la picaresca de la economía sumergida, de las ayudas y de los subsidios, acostumbrados a la cultura del “todo gratis” y que, extrañamente, valoran escasamente que sus hijos aspiren a algo mejor de lo que ellos tienen o que, en todo caso, quieren que alcancen mayores metas pero, eso sí, sin despeinarse mucho.

Estamos renunciando, a pasos de gigante, a la cultura del esfuerzo, al mérito, a ser competentes en algo, a entender que las cosas cuestan y a sacrificarnos para ocupar una posición mejor que la que han ocupado muchos de esos padres y de esas madres que, en el medio rural en el que trabajo, sobreviven a base del subsidio agrario, de jornales de aceituna y de las limosnas del PER. Para colmo, miramos la televisión y vemos el reflejo de esto que cuento en gentes a las que se las encumbra y se las admira y cuyo único mérito reside en haberse acostado con un torero o en haberse divorciado de un famoso tenista. Si miramos más arriba podemos ver a Leire Pajín, cuyo currículum laboral es bastante exiguo (por no decir nulo), como ministra del gobierno de España. Si estos son nuestros modelos, no vale la pena esforzarse y hasta puede que “la madre pedagoga” tuviese razón y fuese yo el equivocado.

 
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