28.4.14

JESÚS NOS SALE AL PASO



José Luis del Castillo Vico llegó a la presidencia de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno sin hacer ruido, casi como un tapado. De él muchos pensábamos que desarrollaría un mandato continuista y gris, que dejaría las cosas como siempre habían estado, porque su carácter, introvertido y discreto, no daba mucho juego como para creer que otra cosa pudiese suceder. Configuró una junta directiva variopinta, en la que supo combinar la eficacia del cofrade currante con el aire fresco de quienes se apartaban de la ortodoxia cofrade que durante muchos años predominó en la hermandad. Pronto empezó a dar cancha a una juventud que jamás había tenido protagonismo en una cofradía vieja, no solamente por los siglos de antigüedad que la contemplan, sino por la mentalidad inmovilista de quienes siempre la gobernaron. Vigilándolos desde lejos, este hombre discreto fue asignando papeles a los jóvenes dentro de la hermandad, a sabiendas de que una cofradía envejecida lo único que puede hacer es anquilosarse y perder fuelle.
Poco a poco José Luis (y su junta) se fueron destapando y nos mostraron las íntimas fiestas dedicadas a San Juan Evangelista, el Belén navideño o los magníficos trabajos de su equipo de priostía traducidos, entre otras muchas cosas, en los excelentes altares que cada año, por enero y por el Corpus, nos regala la hermandad. Luego llegaría su participación, en las Fiestas del Renacimiento, algo impensable en una hermandad “seria”, así como otra serie de movimientos que han tenido como protagonista a la gente joven de la hermandad, una gente joven que siempre pareció no existir más que para ser la recadera y la ejecutora de todo lo que los directivos de Jesús habían previamente concebido.
Sin perder de vista la tradición y siempre intentando mejorar la presencia de la cofradía en la calle, con muy buen criterio se ha colocado a las penitronchas en un lugar de privilegio, a la vista de que se encontraba al borde de la extinción una seña de identidad que sólo lo era de la cofradía de Jesús. Luego vino la salida a costal de la Virgen de los Dolores, algo que levantó ampollas entre quienes de toda la vida hemos sido “unos clásicos”, pero que llegó a emocionarnos en el silencio de esa dorada madrugada de tulipas encendidas, cuando en Vázquez de Molina, aún bajo la oscuridad de la noche, sólo se escuchó el rachear de los pies de los costaleros y el latigazo fuerte de un llamador que nos estremeció el alma. La Virgen de los Dolores siempre tuvo escaso protagonismo en la hermandad, eclipsada por la fuerza de atracción que el Señor de Úbeda ejercía sobre los fieles, pero la nueva manera de vestirla, la solemnidad de los cultos que se le dedican y por descontado su salida a la calle, llevada por costaleros, la han colocado en un lugar privilegiado entre los hermanos de la cofradía. Todo cuenta a la hora de promocionar y de consolidar la devoción por una advocación, también los pequeños detalles y éste de la salida a costal no es menor.
Dentro de esa manera discreta y sin estruendos, pero firme, de gobernar la hermandad se enmarca la casi milagrosa recuperación de la Capilla de Jesús, ese reducto espiritual de nuestra ciudad al que muchos acudimos cuando la vida nos aprieta más de lo que podemos soportar. Hubo que moverse mucho para devolver a Santa María una de sus más preciadas joyas. Hubo que enfrentarse a administraciones y a empresas, a desmanes y a incomprensiones, pero la férrea voluntad de recuperar para Úbeda, (que no para la cofradía), la capilla de nuestro Nazareno nadie consiguió doblegarla y ahí está ese enclave principal del mundo cofrade ubetense, para recogimiento de quienes habíamos perdido toda esperanza de volver a verlo tal y como fue antaño.
Como uno de los síntomas de la ignorancia es el atrevimiento, Jesús no se libró de esa lacra de “restauraciones”  infamantes que la mayoría de nuestras imágenes ha sufrido. Un poco de masilla por aquí, un serrucho por allá y unos brochazos insensatos venían a tapar los estragos que el paso del tiempo y la falta de una adecuada conservación producían en las imágenes cuya integridad nuestras cofradías debían custodiar. ¿Qué hermandad no ha tenido un cofrade voluntarioso, un imaginero frustrado, que siempre se ofrecía para tapar aquellos desperfectos, con el visto bueno de la junta directiva? Lo de Jesús incluso fue peor, porque esa falta de respeto a la imagen original llegó de la mano de alguien que profesionalmente se dedicaba a la talla. Hoy, afortunadamente, aquella ignorancia se ha tornado en cautela y responsabilidad y una imagen no se toca sin unos estudios previos, realizados por profesionales de contrastada trayectoria. Es lo que han hecho las hermanas Esther y Laura Moreno con el Jesús de Jacinto Higueras, al que han despojado de parte de dudosas intervenciones, ya que algunas de ellas hoy se dan por irreversibles.
El traslado a Santa María de la imagen recién restaurada del Nazareno, supuso una prueba de fuego decisiva para refrendar su salida a costal, en esta Semana Santa que ya llega. Con muy buen criterio y no sin cierta intención, la cofradía lo había dispuesto todo para que nos pudiésemos hacer una idea de cómo aparecería Jesús ante nosotros, en la madrugada morada. Tras ver a la Virgen de los Dolores, a muchos ya no nos cabía ninguna duda de lo que va a suponer esa primera salida a costal del Cristo, pero nunca está de más realizar una especie de ensayo general que elimine desconfianzas y así debió de pensarlo la hermandad. Las andas que se utilizaban en los traslados fueron sustituidas por una parihuela y el hombro se cambió por el costal. El paso desacompasado y sin ritmo de quienes portaron a Jesús sobre aquellas andas, se cambió por la cadencia de unos corazones que eran conscientes de que estaban escribiendo parte de una importante historia.
Noviembre fue testigo del silencio, de la seriedad, de la austeridad y de la emoción contenida. Un mes tan poco cofrade nos devolvió a un Nazareno más humano, que marchó entre la multitud asombrada al igual que debió hacerlo camino del Calvario. La cofradía nos enseñó a un Jesús cercano, a ése que necesitamos que camine junto a nosotros en unos tiempos de ruina moral y económica, en los que recurrimos a Él con una mayor frecuencia.
A quienes nos irritan los alaridos extemporáneos del “homo hispalensis” que, con acento sureño, arenga a sus costaleros y solivianta a la multitud, nos queda la tranquilidad de que Claudio Díaz y su equipo saben bien lo que se traen entre manos, porque Jesús no es suyo, Jesús ni siquiera es de la cofradía, sino que pertenece a la memoria de miles de ubetenses devotos que lo han sido y lo siguen siendo a lo largo de los siglos. Traicionar el espíritu de la hermandad y el recuerdo de tantos y tantos ubetenses hubiese sido imperdonable.
Quienes amamos y recurrimos a esta advocación del Nazareno sólo queremos escuchar, en la madrugada del Viernes Santo, una campanilla, unos lamentos y un Miserere. Con esos sonidos de fondo, ver a Jesús caminar discretamente por las calles de nuestra ciudad, será como encontrarse a las mismas puertas de la Gloria.
El próximo Viernes Santo será el propio Jesús el que nos salga al paso, el que nos busque entre la multitud, para reconfortarnos en el dolor y aliviar nuestra carga.
Cuando llegue febrero este hombre prudente, pero de enorme fe y de voluntad férrea, que es José Luis del Castillo, se marchará discretamente, tal y como llegó, habiendo sido fiel a su compromiso con la hermandad y sin haber trastocado un ápice sus señas de identidad. Dios se lo pague.

1 comentario:

Antonio Sánchez Palomares dijo...

Estimado Eugenio.
Se nota que no has conocido a la Cofradía de Jesús lo suficiente para emitir un juicio objetivo. Ni en el pasado ni en el presente.
Como en todos los mandatos, han habido cosas positivas y otras negativas.
Ni "los de antes" eran tan antiguos y tan "malos" ni "los de ahora" son tan modernos y tan "buenos".
No hace falta adjetivar con vehemencia a unos para ensalzar a otros, Eugenio.
Y sí, dejemos que Dios se lo pague, que Dios es un juez justo.

 
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