2.4.15

NADIE MUERE MIENTRAS LO SIGAMOS QUERIENDO



- A LA MEMORIA DE MIGUEL RUIZ DEL MOLINO -

Te llamé. Recuerdo que te llamé tras el atropello y me constaste que estabas condolido, pero que habías vuelto a nacer. Me dijiste que hubiese tenido narices haber muerto cerca de donde atropellaron a Pepe Mendoza o a escasos metros del lugar en el que cayó fulminado tu hermano José María. No te encontrabas bien, pero tenías la sensación de haber esquivado a la muerte, porque el susto había sido mayúsculo. Luego todo se complicó y como consecuencia de aquello nos dejaste cuando no te tocaba haberte ido.
En el momento de tu partida encontré consuelo repasando nuestra vida en común, los momentos vividos a tu lado dentro de la familia y aquellos en los que luchamos por mantener a nuestra cofradía como una de las más prestigiosas de la ciudad. Me acordé del Miguel, bromista y dicharachero, al que conocí hace ya la friolera de casi 40 años. Yo era el adolescente que pretendía a tu sobrina la mayor y tú el hombre maduro que formaba parte de la junta directiva, presidida por Juan de Dios Peñas, a la que me incorporé a mediados de la década de los setenta.
Encuentros familiares, muchas Navidades cenando en tu casa, y bastantes reuniones de la directiva en la Corredera, fueron cimentando entre nosotros algo tan fuerte como los lazos que surgen por la pertenencia a una misma familia y a una misma hermandad. El destino volvió a unirnos cuando decidiste ofrecerme el cargo de secretario de la cofradía durante tu presidencia. Fue un orgullo trabajar junto a ti y un honor volver a hacerlo por nuestra hermandad. Fue un orgullo ver a Miguelito, el hijo menor del abuelo Gabriel, convertido en hermano mayor de esa cofradía a la que amaste hasta el extremo. Llegar desde abajo, desde la banda de nuestra cofradía, hasta ocupar el más alto cargo en la misma es un enorme mérito y algo de lo que siempre te has sentido muy orgulloso. Sé que lo hiciste no tanto por ti, como por la memoria de tu padre. Él se hubiese sentido muy satisfecho. No es para menos.
Hoy ya no estás con nosotros. Ya te has marchado al Gethsemaní celestial, pero quienes te queremos sabemos que lo has hecho a lo grande, arropado por una multitud enorme de gente que también te quiso, por mucha más gente de la que tú pensabas, seguramente. Tu iglesia de San Pablo estuvo abarrotada de personas, en la mañana de un día laborable, para despedirte. Tu cofradía supo estar, como siempre lo hace, a la altura de tan dolorosas circunstancias. En una decisión muy bien medida, nuestros cuatro hermanos mayores, (Juan de Dios, Andrés, Paco Luis y Luis), intervinieron en la misa de tu despedida, para dejar patente tu rango y tu jerarquía dentro de la hermandad y la junta directiva se las ingenió para estar casi al completo junto a nuestra bandera. ¿Quieres mayor demostración de afecto?
Este año, cuando en la mañana del Jueves Santo nuestra cofradía aparezca por la Puerta de la Adoración, un nudo recorrerá mi garganta y mi corazón se sentirá atenazado por tu ausencia. No es una frase cursi. Ya he tenido esa sensación otras veces. Ese día nada será igual, como no lo es desde hace muchos años. Cada vez que un hermano nos falta, el Jueves Santo es diferente y más triste, aunque la certeza de saberte junto al verdadero Jesús orante nos consuele. Este año, cuando las notas de “La Esperanza” retumben en las piedras centenarias de Vázquez de Molina y tu Virgen aparezca por la puerta principal de la Basílica de Santa María, tú también irás junto nosotros y volverás a preguntarme, como cada año, si creo que va a llover. Estoy seguro de que será así.
Quienes nos quedamos jamás te olvidaremos. Ahora te ha tocado a ti, pero todos estamos en la lista, estamos haciendo cola. La hacemos con cierto descuido, porque vemos a muchos delante y pensamos que aún no nos toca. Nos distraemos un poco y la cola ha corrido. Alguien ha llamado a más gente de la que era de esperar, según nuestros cálculos. Te fumas un cigarro, te tomas un café o charlas un poco con los amigos y, de manera sorpresiva, una voz al fondo pronuncia tu nombre. Tienes que irte. No hay excusas. No puedes despedirte de nadie. Te ha tocado y no lo esperabas, los tuyos tampoco... El lunes estamos aquí, pero el martes podemos estar al otro lado. Quienes nos quedamos lo hacemos bien jodidos, pero a sabiendas de que hay que vivir y poner buena cara, porque esto no se acaba hasta que una voz nos llama desde la otra orilla. Con tu marcha acaba definitivamente un capítulo de mi vida, se cierra una puerta que no se abrirá más, pero ten la certeza de que siempre estarás en mi recuerdo. Nuestra familia, nuestra cofradía y tantas cosas, me traerán el recuerdo del tito Miguel porque nadie muere mientras lo sigamos queriendo, chache.
 
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